Déficit de amor

Por Fernando Garzón

Uno de los mayores problemas en la actualidad en temas de confusión de identidad sexual, está relacionado con la falta de entendimiento por parte de padres, maestros, sociedad, cultura, psicólogos y gobiernos, sobre la importancia de compartir y propiciar momentos significativos de intimidad, amistad, confianza entre padres e hijos como modelo e hilo conductor en la formación integral de seres humanos saludables, emocional y relacionalmente, capaces de amar y ser amados,  de dar y recibir amor sin temor a equivocarse. Es esta, además, una excelente manera de suplir las necesidades de amor, cariño y afirmación de nuestros hijos.

La no satisfacción de estas necesidades en el área emocional y relacional, pueden producir vacíos emocionales tan grandes que poco a poco se pueden convertir en la plataforma, para que en la adolescencia y en la edad adulta, tanto hombres como mujeres, presenten dificultades de identidad y de relaciones interpersonales.

Cuando tenía entre 12 y 13 años comencé a sentirme atraído por otros hombres, empecé a experimentar emociones y pensamientos que se fueron haciendo cada vez más fuertes, conforme pasaba el tiempo, a tal punto que empecé angustiarme y entrar en un estado de ansiedad tal que llegué a tener odio y enojo conmigo mismo. Durante toda mi adolescencia sufrí en secreto, pues era algo que no quería sentir, pero tampoco sabía qué hacer. Hacia los 16 años asumí la homosexualidad pensando que era algo que debía asumir y que no podría cambiar, así que hablé con mi familia y les dije que había decidido vivir como homosexual.  A partir de allí adopté una identidad homosexual: cambié mi forma de vestir, de comportarme, de hablar, mi grupo de amigos, y esto me generó graves problemas con mi familia.

A los 18 años decidí irme de la casa de mis padres para vivir aquello que consideraba mi “verdadera identidad”.  De esta manera me sumergí en un estilo de vida homosexual, que incluía asistir a bares, tener parejas del mismo sexo, relaciones sexuales con hombres, beber alcohol, y consumir drogas; y en medio de muchas frustraciones, promiscuidad, engaños e innumerables decepciones, comprendí que ese estilo de vida me estaba destruyendo y ya me había robado los mejores años de mi juventud.  Cuando llegué a los 25 años ya había vivido y experimentado tantas cosas perjudiciales para mi salud física, mental y espiritual, que irónicamente no me había dado cuenta, sino hasta que realmente llegué a tocar fondo, sintiéndome solo, perdido y vacío.

El déficit de amor es producido cuando las necesidades básicas del niño no son suplidas, cuando papá y mamá o las figuras de autoridad responsables del cuidado del menor, por alguna razón no están presente en su vida. Estas necesidades emocionales insatisfechas, dejan al niño con tanta inseguridad y hambre de cariño que terminará por entregarse o rendirse ante cualquier demostración de afecto por parte de personas que, en muchos casos, solo quieren aprovecharse de la vulnerabilidad del individuo, como lo menciona el psicólogo Richard Cohen en su libro “Comprender y sanar la homosexualidad”. Cohen afirma que un abusador logra identificar las carencias emocionales de un niño antes de aprovecharse de él.

Hoy le doy gracias a Dios por haber salido a mi encuentro, por haberme amado y por haberme brindado una nueva oportunidad. El Señor Jesús llegó a mí vida cuando yo había perdido toda esperanza, cuando creí que jamás vencería la homosexualidad, cuando pensaba que estaba condenado a ser homosexual el resto de mi vida.  Él me rodeo de su amor y de su gracia, y colocó personas preciosas a mi lado para que caminaran junto a mí en un proceso de restauración y sanidad integral.  Confieso que al inicio quise tirar la toalla, mi mente y mi corazón estaban llenos de pecado, de resentimientos, de falta de perdón, pero  Dios me condujo por el camino del perdón y de la reconciliación y a medida que fui entregando esos recuerdos, esas heridas, permitiendo a Dios que entrara en cada rincón de mi corazón; entonces comencé a experimentar el poder de la sanidad y poco a poco fui asumiendo responsabilidad por mis actos y decisiones.

El resultado de este proceso ha sido una restauración verdadera y completa. Hoy puedo decir con toda certeza que soy un hombre nuevo, que aprendí a establecer relaciones interpersonales saludables. Además, estoy felizmente casado, y tenemos dos hermosas hijas a quienes, mi esposa y yo amamos con todo nuestro corazón. También sirvo a Dios de tiempo completo en la obra misionera y comparto mi testimonio cuando tengo oportunidad, entendiendo que la homosexualidad no es el diseño de Dios para la sexualidad de nadie, y que si decidimos entregar nuestras vidas a Cristo, y vivir de acuerdo con su palabra, Él podrá transformarnos y hacer de la derrota una gran victoria. 

Porque “no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para la salvación de todo aquel que cree…” Romanos 1:16a

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