Por Mike Cleveland

David suplicó para que Dios lo lavara y lo limpiara de su pecado (Salmos 51:7). Esta limpieza del alma es lo que nosotros necesitamos también. Necesitamos experimentar una limpieza profunda, un lavamiento de regeneración (Tito 3:5), una purificación de nuestros corazones (Tito 2:14).

La razón para esto es porque la pornografía y la impureza sexual son contaminantes; ambas dejan manchas oscuras en nuestras almas, como tinta negra en un lienzo. El pecado sexual brilla y seduce, pero una vez consumido, nos deja llenos de vergüenza y culpa.

La mayoría de nosotros empezamos cada día de nuestras vidas con una rutina preestablecida. Nos levantamos del mismo lado de la cama, nos vestimos de una forma en particular, ordenamos la misma bebida y tomamos la misma ruta, a veces sin pensarlo o estar conscientes de ello.

Incluso hay patrones de pensamiento o de conducta que ejecutamos automáticamente. Juzgamos a las personas o situaciones sin saber qué nos impulsa o porqué lo hacemos. Dios conoce las posibles causas de aquella adicción, quebrantamiento, pecado o conducta inapropiada con la cual luchamos, pero sólo Él puede revelar además una estrategia para pelear y cambiar nuestras vidas.