La mayoría de la gente desea una amistad agradable, mutuamente satisfactoria con esa persona tan importante en la vida: nuestra madre.

Sin embargo para algunas mamás significa conflictos o problemas.

Dios le dio una mamá para que lo criara, protegiera y convirtiera en adulto. Su mamá o alguna persona en ese papel, estuvo allí en el mismo centro de su transformación en lo que ahora es.

Pero muchas veces, la realidad no llega a lo ideal. Puede experimentar una gran variedad de problemas con su madre, tal vez sienta que no puede comunicarse con ella, que no respeta sus elecciones y valores, que rechaza a su familia y amigos, que no tiene libertad para tener una vida aparte sin perder su amor, tiene dificultad en decirle no y confrontarla, que tiene que esconder su verdadero yo y ser perfecto, o siente culpabilidad cuando ella quiere que la cuide y no lo hace, o  por no cumplir sus expectativas y deseos, y otros más.

Sin embargo, como amamos profundamente a nuestra madre, tenemos dificultad en hablar de nuestros sentimientos problemáticos con ella, y podemos preguntarnos:

¿Cómo puedo tener una relación mejor hoy en día con mi madre o con la de alguien más?

¿Cuál de mis problemas en mis relaciones o trabajo pudo haber sido influido por mi madre?

¿Qué fue lo bueno y lo malo en mi crianza maternal, y cómo puedo pasar por encima de mis problemas de crianza y seguir adelante?

¿Cuál es la mejor forma de criar a mis hijos?

Hacerse estas preguntas no es deslealtad a nuestra madre. Dios decretó lo especial e importante de la crianza maternal. “Honrarás a tu padre y a tu madre”, es un tema repetido a través de la Biblia. Pero también necesitamos ser honestos, decir la verdad, sanar, perdonar y lamentar, y al mismo tiempo honrar a mamá.

¿QUÉ HAY EN CUANTO A MAMÁ?

La calidad de la relación con su madre no sólo dicta como irán las cosas entre ustedes dos, sino que impacta drásticamente todos los ámbitos de su vida. En esa relación se aprenden normas de intimidad y relación,  y  también  como manejar fracasos, emociones conflictivas, expectativas e ideales, el dolor y la pérdida, y muchos otros componentes del “coeficiente intelectual emocional”, esa parte de nosotros que garantiza si seremos o no exitosos en el amor y el trabajo.

En resumen gran parte de nuestro desarrollo emocional es determinado por dos realidades: cómo nos crió mamá y cómo respondimos a esa crianza.

Ilustraremos con un ejemplo: David aprendió en su proceso de crianza que el acercamiento podía ser peligroso, cuando estaba herido o con miedo, su madre se ponía ansiosa y lo mimaba al extremo de sofocarlo; como resultado cuando su esposa se le acercaba en forma emocional, David levantaba sus barreras, y se protegía contra un excesivo comprometimiento  emocional. Se encontró en una situación perdida, aunque no le gustaba apartarse de su cónyuge, no le gustaba estar cerca tampoco. De cualquier manera la dejaba insatisfecha. Hasta que David tratara con sus temores de intimidad, esa pauta continuará.  La lucha de David refleja nuestro tema: lo que aprendimos en relación con nuestra madre, afecta profundamente cada aspecto de nuestra vida.

No obstante, esta situación no tiene que perpetuarse. Así como los planes de Dios para que aprendiéramos formas de relacionarnos con la madre pueden terminar en destrucción de nuestras vidas adultas, también su plan de restauración puede traer  cambio y crecimiento.

Mucha gente sufre bajo el engaño de que su madre es el verdadero problema y varios enfoques psicológicos promueven de alguna manera esta postura; pero pensar que la solución vendrá de culpar a los padres, tratando de que cambien, o continuar procesando los sucesos del pasado, pasan por alto las modificaciones de carácter necesarios que llevan a la cura verdadera.

DOS CONSIDERACIONES

Hay dos puntos muy importantes que deben resolverse en nuestra relación con la madre. El primero trata de cómo nos sentimos hoy con respecto al pasado, y el segundo trata de cómo repetimos las pautas del pasado.

El primer punto es comprender los sentimientos que tenemos hacia nuestra madre, los daños que sentimos fueron ocasionados por ella, y las necesidades que no suplió. En este punto debemos identificar sentimientos reprimidos de enojo, desconfianza, de ser controlado, dominado, etc. De no ser resueltos estos sentimientos serán llevados a todas las áreas de nuestra vida principalmente al matrimonio, mediante el fenómeno que los psicólogos llaman “transferencia”,  que es la tendencia de orientar sentimientos hacia personas en el presente –muy comúnmente al cónyuge-, cuando deberían ser dirigidos hacia individuos en el pasado. Si alguien nos maltrata, y fallamos en resolver esos sentimientos heridos, vamos a desbaratar  futuras relaciones que pueden parecerse en carácter, con las que fuimos maltratados.

Si tenemos sentimientos sin resolver hacia nuestra madre necesitamos tratar con esa relación, mediante el proceso del perdón. El perdón implica ver sinceramente los problemas y las relaciones; enfrentarlos, soltarlos y llorar nuestras pérdidas. Nos libera del pasado. Mencionamos lo malo que sucedió, lo miramos, experimentamos los sentimientos, y los soltamos. La meta es llegar al lugar donde “terminamos con la madre”, preparados para ver a las personas como son.

El segundo punto, tiene que ver con el entendimiento de las dinámicas y pautas de comunicación e interacción que aprendimos en nuestra relación con mamá. Necesitamos mirar hacia los patrones que aprendimos en la relación materna. Pautas de prevención, control, sumisión, autoridad, pasividad, agresividad y demasiado control, desconfianza, etc. Eso es lo que la crianza significa: interiorizamos las costumbres de nuestros padres, y luego vivimos de acuerdo a ellas.

Estas pautas de relación son como mapas desplegados en nuestro cerebro: ellos determinan como actuaremos en diferentes tipos de relaciones. La Biblia nos dice que nosotros repetimos modelos de relación no sanos, hasta que nos apoderamos de ellos y trabajamos a través de ellos (ver Marcos 7:8-9).

Nuestra relación con mamá necesita más que perdón: requerimos conocer la dinámica y las pautas aprendidas para separarnos de ellas,  y  cambiarlas a otras más útiles.

EL PROCESO DE CRIANZA MATERNAL Y SU RESTAURACIÓN

Una buena madre hace esto: escucha y acepta lo negativo, se contiene, y ayuda a su hijo a no sentirse abrumado; se siente confortable con las imperfecciones del pequeño. Este último toma ese consuelo de ella dentro de su personalidad, y contribuye a que su madre se sienta también cómoda con esos defectos. El proceso maternal de aceptación, forma al niño.

Algunas personas, sin embargo, no reciben esa empatía y comprensión de sus madres, por lo tanto fracasan en proporcionárselos a sus hijos.

Dios diseñó varios ingredientes dentro del proceso de crecimiento que una “madre suficientemente buena” provee. Sin embargo aunque usted no haya recibido todo lo que necesitaba de su mamá, puede en su vida adulta recibir esos ingredientes de otra persona, para que su vida pueda funcionar correctamente, restableciéndose así su proceso de crianza maternal.

Es decir, necesitamos obtener de otros, como por ejemplo de un buen amigo, lo que no recibimos completamente de nuestra madre; en realidad es así como las amistades actúan unas por otras, todos los días.

Para que nos volvamos enteramente confortables con nosotros mismos, necesitamos a alguien con quien podamos ser lo que somos. Necesitamos aceptación y comprensión, para poder refrenar e integrar todas nuestras partes.

Por lo tanto, no sólo necesitamos resolver las cosas con una persona de nuestro pasado, sino que debemos obtener de otros lo que no recibimos de nuestra madre.

En el siguiente boletín, trataremos los diferentes tipos de mamás: la mamá fantasma, la mamá muñeca de porcelana, la mamá controladora, la mamá trofeo, la mamá aún jefa y la mamá “American Express”; los resultados de cada tipo de crianza así como los pasos hacia la reconciliación.

Tomado del libro Factor Mamá por  Dr. Henry Cloud y  Dr. John Townsend,  Editorial Vida,  2002.

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